Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No creà que tú y Gilbert fuerais tan buenos amigos como para estar charlando media hora en la puerta —dijo Marilla con una seca sonrisa.
—No lo éramos; fuimos buenos enemigos. Pero hemos decidido que será más sensato ser buenos amigos en el futuro. ¿Estuvimos de verdad media hora? Parecieron unos pocos minutos. Es que tenemos cinco años de silencio que vencer.
Ana se sentó junto a su ventana acompañada de un alegre sentimiento. El viento soplaba suavemente entre las cerezas y llegaba el olor de la menta. Las estrellas titilaban sobre los pinos del valle y la luz de Diana brillaba en la distancia.
El horizonte de Ana se habÃa cerrado desde la noche en que se sentó allà a su regreso de la Academia; pero si la senda ante sus pies habÃa de ser estrecha, sabÃa que las flores de la tranquila felicidad la bordearÃan. La alegrÃa del trabajo sincero, de la aspiración digna y de la amistad serÃa suya; nada podÃa apartarla de su derecho a la fantasÃa o del mundo ideal de sus sueños. ¡Y siempre estaba el recodo del camino!
—«Gloria a Dios en las Alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» —murmuró suavemente Ana.