Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Gilbert —dijo, con las mejillas rojas—, quiero agradecerle que me cediera el colegio. Ha sido un gran detalle de su parte y quiero que sepa cuánto lo agradezco.
Gilbert tomó ansiosamente la mano que le ofrecÃan.
—No fue nada particularmente bueno de mi parte, Ana. Me gustó prestar algún pequeño servicio. ¿Vamos a ser amigos después de esto? ¿Me has perdonado de verdad mi vieja culpa?
Ana rió y trató sin éxito de retirar su mano.
—Ya te perdoné aquel dÃa en el embarcadero. Fui una estúpida cabezota. Desde entonces, debo confesarte, lo he sentido terriblemente.
—Seremos los mejores amigos —dijo Gilbert jubilosamente—. Hemos nacido para serlo, Ana. Has burlado al destino mucho tiempo. Sé que nos podemos ayudar uno a otro de muchas maneras. Tú vas a continuar estudiando, ¿no es as� Yo también. Vamos, te acompañaré a casa.
Marilla miró curiosamente a Ana cuando ésta entró en la cocina.
—¿Quién venÃa contigo por el sendero, Ana?
—Gilbert Blythe —respondió Ana, avergonzada de encontrarse sonrojada—. Lo encontré en la colina de los Barry.