Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Ana fue la tarde siguiente al pequeño cementerio de Avonlea, a poner flores frescas en la tumba de Matthew y regar la rosa de Escocia. Se quedó allà hasta el anochecer, gozando de la paz y tranquilidad del lugar; el murmullo de los álamos era cual una suave y gentil conversación con la hierba que crecÃa libremente entre las tumbas. Cuando partió por fin y bajó la larga colina que morÃa en el Lago de las Aguas Refulgentes, ya hacÃa tiempo que habÃa caÃdo el sol y toda Avonlea estaba ante ella, iluminada por la mortecina luz, «el fantasma de una antigua paz». En el aire habÃa una frescura como si el viento hubiera soplado sobre los dulces campos de tréboles. Las luces de las casas parpadeaban aquà y allá entre los árboles. A lo lejos estaba el mar, brumoso y púrpura, con su murmullo incesante y embrujador. El occidente era una gloria de suaves tonos y la laguna los reflejaba en todas sus gamas. La belleza hizo estremecer el corazón de Ana y, agradecida, le abrió las puertas de su alma.
—Mi mundo querido —murmuró—, eres muy hermoso y me alegra vivir en ti.
A mitad del camino en la colina, un muchacho alto salió silbando de la puerta de la casa de los Blythe. Era Gilbert, y el silbido murió en sus labios cuando reconoció a Ana. Se quitó cortésmente la gorra, pero hubiera cruzado en silencio si Ana no se hubiera detenido, alargándole la mano.