Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Bueno, no sé —dijo Ana pensativamente—. Leí una vez en un libro que si la rosa tuviera otro nombre su fragancia sería la misma, pero no puedo convencerme de que sea cierto. No puedo creer que una rosa fuera tan linda si se llamara cardo o calabaza. Supongo que mi padre podría haber sido un buen hombre aunque se hubiera llamado Jedediah, pero estoy segura que tal nombre habría sido una carga para él. Bien; mi madre también era maestra en la Escuela Superior, pero cuando se casó con papá abandonó el magisterio. Un marido ya es suficiente responsabilidad. La señora Thomas dijo que eran un par de criaturas, y tan pobres como las ratas. Fueron a vivir a una pequeña casita amarilla en Bolingbroke. Nunca la he visto, pero me la he imaginado miles de veces. Estoy segura de que tenía madreselvas sobre la ventana de la sala, y lilas en el jardín y lirios del valle a la entrada. Sí, y cortinas de muselina en todas las ventanas. Las cortinas de muselina dan un aspecto muy bonito a una casa. Yo nací en esa casa. La señora Thomas dijo que yo era la niña más fea que había visto, toda huesos y ojos, pero que para mamá era guapísima. Yo debería pensar que una madre sería mejor juez que una pobre mujer que servía para fregar, ¿no le parece? De cualquier modo me alegra el que mamá estuviera satisfecha conmigo. Me sentiría muy triste si supiera que había sido una desilusión para ella, porque no vivió mucho después de aquello, ¿sabe? Murió de fiebre cuando yo tenía tres meses. ¡Cuánto deseo que hubiera vivido más tiempo para poder recordar el llamarla mamá! Pienso que debe ser muy dulce decir «mamá», ¿no es cierto? Y papá murió cuatro días después, de fiebre también. Me quedé huérfana y los vecinos no sabían qué hacer conmigo, según dijo la señora Thomas. Verá usted, nadie me quería, ni aun entonces. Parece ser mi destino. Mamá y papá habían llegado de lugares muy distantes y era sabido que no tenían parientes. Finalmente la señora Thomas se hizo cargo de mí, a pesar de que era pobre y tenía un marido que estaba siempre borracho. Ella me crió con biberón. ¿Sabe usted si las personas criadas con biberón deben ser por esa razón mejores que las otras? Porque cada vez que la desobedecía, la señora Thomas me preguntaba, como reprochándome, cómo podía ser una niña tan mala, cuando ella me había criado con biberón. El señor y la señora Thomas se mudaron de Bolingbroke a Marysville, y viví con ellos hasta que tuve ocho años. Yo ayudaba a criar a los niños de los Thomas —había cuatro menores que yo— y puedo asegurarle que daban muchísimo trabajo. Luego el señor Thomas murió al caer bajo un tren, y su madre se ofreció a hacerse cargo de la señora Thomas y los chicos, pero no de mí. Así que le tocó a la señora Thomas verse en apuros, como decía ella, respecto a mí. Entonces llegó la señora Hammond, que vivía aguas arriba, y dijo que me acogería, al ver que tenía práctica con los niños; y remonté el río para vivir con ella en un pequeño claro entre los bosques. Era un lugar muy solitario. Estoy segura de que nunca hubiera podido vivir allí de no tener imaginación. El señor Hammond tenía un pequeño aserradero y la señora Hammond tenía ocho hijos. Tuvo mellizos tres veces. Me gustan los niños con moderación, pero mellizos tres veces seguidas es demasiado. Así se lo dije a la señora Hammond cuando llegó el último par. Era terrible lo que cansaba el llevarlos en brazos.


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