Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Repentinamente la pena por la niña había inundado su corazón. ¡Qué vida tan desamparada y sin cariño había tenido! Una vida de miseria, pobreza y desdén; porque Marilla era lo suficientemente perspicaz como para leer entre líneas en la historia de Ana y adivinar la verdad. No en vano había estado tan entusiasmada ante la idea de tener un verdadero hogar. Era una pena que tuviera que ser devuelta. ¿Qué ocurriría si ella, Marilla, accedía al irresponsable capricho de Matthew y la dejaba quedarse? Matthew estaba encaprichado y Ana parecía una niña buena y dócil. «Habla demasiado —pensó Marilla—, pero se le puede quitar esa costumbre. Y no hay nada rudo o vulgar en lo que dice. Es delicada. Es probable que sus padres fueran buena gente».
El camino de la costa era «boscoso, salvaje y solitario». A la derecha, montes de pinos, cuyos espíritus permanecían imbatibles después de largos años de lucha con los vientos del golfo, crecían densamente. A la izquierda estaban los empinados acantilados, tan cerca del camino en algunos lugares, que una yegua de menos estabilidad que la alazana habría puesto a prueba los nervios de las personas que iban detrás de ella. En la falda de los acantilados había rocas erosionadas o pequeñas ensenadas de arena con guijarros incrustados como joyas del océano; más allá, el mar brillante y azul, y sobre éste se remontaban las gaviotas con sus alas plateadas bajo la luz del sol.