Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —¡De modo que sabes algo, a Dios gracias! No eres pagana del todo. ¿Dónde aprendiste eso?
—Oh, en la Escuela Dominical del asilo. Nos hacÃan estudiar todo el catecismo. Me gustaba mucho. Hay algo espléndido en algunas palabras: «infinitamente», «poderoso», «principio y fin». ¿No es grandioso? Tiene la grandiosidad del sonido de un gran órgano. Uno no puede llamarlo poesÃa, supongo, pero se le parece mucho, ¿no es cierto?
—No estamos hablando de poesÃas, Ana; estamos hablando sobre tus oraciones. ¿No sabes que es algo muy feo no decir oraciones por la noche? Me parece que eres una niña muy mala.
—Si usted fuera pelirroja verÃa que es mucho más fácil ser mala que buena —dijo Ana con reproche—. La gente que no tiene el pelo rojo no tiene idea de la molestia que significa. La señora Thomas me dijo que Dios me habÃa dado el cabello de ese color a propósito, y desde entonces no me preocupé más por Él. Y, de cualquier modo, estaba siempre tan cansada por las noches que no me molestaba en rezar. La gente que tiene que cuidar mellizos no tiene tiempo para pensar en rezar. Con sinceridad, ¿no lo cree usted asÃ?
Marilla decidió que la instrucción religiosa de Ana debÃa comenzar inmediatamente. No habÃa tiempo que perder.