Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —No me gustaban mucho los gatos hasta que encontré a Segundo Oficial —comentó, con el acompañamiento del sonoro ronroneo del gato—. Le salvé la vida y, cuando se salva la vida de alguien, es obligado quererlo. Es casi como dar vida. Hay gente muy desconsiderada en el mundo, señora Blythe. Algunos de los de la ciudad, que tienen casas de verano en el puerto, son tan desconsiderados que llegan a ser crueles. Es la peor clase de crueldad, la de los que no piensan. Uno no puede contra ella. Tienen gatitos en el verano, los alimentan, los miman y los adornan con cintas y collares. Y después, en el otoño, se van y los dejan que se mueran de hambre o de frÃo. Me hace hervir la sangre, señora Blythe. Un dÃa del invierno pasado, encontré a una gatita mamá muerta en la costa, sobre los cuerpos, que eran piel y huesos, de sus tres gatitos. HabÃa muerto tratando de protegerlos. TenÃa las patitas rÃgidas alrededor de ellos. Lloré, Señor. Después insulté. Y me traje los gatitos a casa, los alimenté y les encontré buenos hogares. Yo conocÃa a la mujer que habÃa abandonado la gata y, cuando volvió este verano, fui al puerto y le dije lo que opinaba de ella. Era meterme en la vida ajena, pero me gusta meterme cuando se trata de una buena causa.
—¿Cómo lo tomó ella? —preguntó Gilbert.