Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Lloró y dijo: «No lo pensé». Yo le dije: «¿Le parece que será una buena excusa el DÃa del Juicio Final, cuando tenga que responder por la vida de esa pobre madre? El Señor le preguntará para qué le concedió cerebro si no es para pensar, me parece». No creo que vuelva a dejar a ningún gato para que se muera de hambre.
—¿Segundo Oficial era uno de los abandonados? —preguntó Ana, y le hizo al gato requerimientos de amistad que fueron respondidos, aunque con cierta condescendencia.
—SÃ. A él lo encontré un dÃa muy frÃo de invierno, enredado en las ramas de un árbol por uno de esos idiotas collares de cintas. Estaba casi muerto de hambre. ¡Si le hubiera visto los ojos, señora Blythe! Era apenas un gatito y, sin embargo, se las habÃa ingeniado para conseguir comida desde que lo abandonaron hasta que quedó enganchado en el árbol. Cuando lo solté, me pasó lastimeramente la lengua roja por la mano. No era el hábil marino que usted ve ahora. Era manso como Moisés. Hace nueve años de eso. Su vida ha sido larga para tratarse de un gato. Es un muy buen compañero, este Segundo Oficial.
—Yo hubiera esperado que usted tuviera un perro —dijo Gilbert.
El capitán Jim negó con la cabeza.