Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Tuve un perro una vez. Lo quería tanto que cuando murió no podía soportar la idea de traer a otro en su lugar. Era un amigo, ¿me entiende, señora Blythe? Oficial es sólo un compañero. Yo quiero a Oficial, y más por esa pizca de naturaleza diabólica que hay en él, como en todos los gatos. Pero a mi perro lo amaba. Siempre sentí una oculta simpatía por Alexander Elliott y su perro. No hay nada del diablo en un buen perro. Por eso se los quiere más que a los gatos, creo. Pero que me aspen si son la mitad de interesantes. Ya estoy otra vez hablando demasiado. ¿Por qué no me controlan? Cuando tengo ocasión de hablar con alguien, me vuelvo imposible. Si han terminado con el té, tengo algunas cositas que tal vez quieran ver, las he recogido en esos lugares extraños donde he andado metiendo la nariz.

Aquellas «cositas» del capitán Jim resultaron ser una interesantísima colección de objetos extraños, repugnantes, delicados o hermosos. Y casi todos tenían alguna historia notable.

Ana nunca olvidaría el placer con el que escuchó esas viejas historias aquella noche de luna junto a aquel mágico fuego de madera mientras, a través de la ventana abierta, el mar de plata los llamaba y sollozaba contra las rocas.


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