Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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El capitán Jim no dijo ni una palabra para alardear de nada pero era imposible no ver que había sido un héroe: valiente, veraz, hábil, altruista. Sentado en su pequeña habitación, hizo que aquellos objetos tomaran vida para sus oyentes. Con el leve gesto de levantar una ceja o mover la boca, con un ademán, una palabra, pintaba toda una escena o un personaje de manera que ellos podían ver cómo era.

Algunas de las aventuras del capitán Jim tenían características tan maravillosas, que Ana y Gilbert se preguntaron en secreto si él no estaría exagerando demasiado a expensas de su credulidad. Pero en esto, como descubrirían más tarde, cometían una injusticia con él. Todas sus historias eran absolutamente ciertas. El capitán Jim tenía el don del narrador innato, por medio del cual «cosas desdichadas y lejanas» pueden ser presentadas ante el que escucha con prístina vivacidad.

Ana y Gilbert rieron y se estremecieron con sus historias y, en un momento, Ana se sorprendió llorando. El capitán Jim contempló sus lágrimas con un placer que le resplandecía en el rostro.




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