Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Me gusta ver llorar asà a la gente —dijo—. Es un cumplido. Pero no puedo hacerles justicia a las cosas que he visto o ayudado a hacer. Tengo todo anotado en mi libro de la vida, pero no tengo habilidad para escribirlas bien. Si pudiera encontrar las palabras adecuadas e hilvanarlas sobre el papel, podrÃa escribir un gran libro. SobrepasarÃa a Un amor loco, y creo que a Joe le gustarÃa tanto como los cuentos de piratas. SÃ, he tenido unas cuantas aventuras en mis tiempos, y, ¿sabe, señora Blythe?, todavÃa las echo de menos. SÃ, viejo e inútil como estoy, en ocasiones siento una terrible nostalgia por embarcarme, por salir para siempre.
—Como Ulises, usted «Navegará más allá del ocaso y los años, de todas las estrellas occidentales, hasta morir» —dijo Ana, soñadora.
—¿Ulises? He oÃdo hablar de él. SÃ, asà exactamente me siento, como nos sentimos todos los marinos, creo. Me moriré en tierra después de todo, supongo. Bien, lo que debe ser, será. El viejo William Ford, de Glen, nunca se acercó al agua porque tenÃa miedo de ahogarse. Una adivina se lo habÃa pronosticado. Y un dÃa se desmayó y se cayó de cara en el pozo del establo. Se ahogó. ¿Ya tienen que irse? Bien, vuelvan pronto y vengan más a menudo. La próxima vez será el doctor el que hable. Él sabe muchas cosas que yo quiero averiguar. Estoy bastante solo aquÃ. Es peor desde que murió Elizabeth Russell. Ella y yo éramos muy amigos.