Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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El capitán Jim hablaba con la aflicción de los entrados en años, que ven cómo sus viejos amigos se van yendo, uno a uno; amigos cuyos lugares no pueden llenarse por los de una generación más joven, aunque pertenezcan a la raza que conoce a José. Ana y Gilbert prometieron ir pronto y más a menudo.

—Es un anciano muy especial, ¿no? —comentó Gilbert, camino de casa.

—Por alguna razón, no puedo unir su personalidad sencilla y bondadosa con esa vida llena de aventuras que ha vivido —reflexionó Ana.

—No te resultaría tan difícil si lo hubieras visto el otro día en el pueblo de pescadores. Uno de los hombres del bote de Petyer Gaurtier hizo un comentario desagradable sobre no sé qué muchacha de la costa. El capitán Jim traspasó al pobre hombre con el relámpago de su mirada. Parecía otro. No dijo mucho, pero ¡cómo lo dijo! Parecía que iba a despellejar vivo al otro hombre. Tengo entendido que el capitán Jim jamás permitirá que se diga una palabra contra ninguna mujer en su presencia.

—¿Por qué no se habrá casado? —dijo Ana—. Tendría que tener hijos que navegaran los mares y nietos que treparan a sus rodillas para escuchar sus historias. Es ese tipo de hombre. Sin embargo, no tiene a nadie más que a un magnífico gato.


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