Ana y la casa de sus suenos

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—Creo recordar haber visto esa expresión en las crónicas de bodas de los diarios —dijo Leslie, sonriendo.

—Bien, la de la señorita Cornelia gemía. Por lo menos, crujía, y esto es literal. No podía creer que hubiera cocinado tanto para dos personas comunes y corrientes. Tenía todas las clases de torta que se te ocurran, creo, excepto pastel de limón. Dice que obtuvo un premio por su pastel de limón en la Exposición de Charlottetown hace diez años y jamás ha vuelto a prepararlo por miedo a perder la reputación.

—¿Pudisteis comer lo suficiente como para dejarla contenta?

—Yo no. Pero Gilbert se ganó su corazón comiendo… no voy a decirte cuántas porciones. Ella dice que jamás conoció un hombre que no prefiriera las tortas a la Biblia. ¿Sabes? Quiero mucho a la señorita Cornelia.

—Yo también —dijo Leslie—. Es la mejor amiga que tengo en el mundo.

Ana se preguntó por qué, si eso era verdad, la señorita Cornelia nunca le había hablado de la señora de Moore. La señorita Cornelia había hablado con total libertad de casi todos los habitantes de Cuatro Vientos y alrededores.


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