Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—No, debes ser amiga suya aunque ella no te lo permita —dijo la señorita Cornelia con energía—. No te fijes si te parece rígida a veces, no le hagas caso. Recuerda lo que ha sido, y es, su vida. Y siempre será, supongo, porque tengo entendido que los enfermos como Dick Moore viven muchísimo tiempo. Si vieras cómo ha engordado desde su regreso… Antes era delgado. Oblígala a ser tu amiga, tú puedes hacerlo, eres de esas personas que tienen esa habilidad. Pero no seas susceptible. Y no te molestes si ella te da la impresión de no querer que vayas por su casa a menudo. Sabe que a muchas mujeres no les gusta estar donde está Dick, se quejan, dicen que se impresionan. Haz que ella venga aquí siempre que pueda. No sale mucho, pues no puede dejar solo a Dick mucho tiempo; sólo el Señor sabe lo que es capaz de hacer, quemar la casa, lo más probable. Su único momento de libertad es por las noches, cuando él está en la cama. Él se acuesta siempre temprano y duerme como un tronco hasta el día siguiente. Por eso la encontraste en la costa, seguramente. Va mucho por allí.

—Haré todo lo que pueda por ella —dijo Ana.




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