Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Tendría que poder. Hace un mes que estoy estudiando cómo se trincha un pavo —dijo Gilbert—. Pero no me habléis mientras lo haga, Ana, porque si me olvido de algún paso, estaré en una situación peor que tú cuando estudiabas geometría y el profesor te cambió las letras.

Gilbert trinchó los pavos a las mil maravillas. Hasta la señora Rachel tuvo que admitirlo. Y todos comieron y los disfrutaron. La primera cena de Navidad de Ana fue un gran éxito y ella sonreía con el orgullo de la buena ama de casa. Alegre fue la comida, y larga; cuando terminaron, se reunieron alrededor de las animadas llamas rojas del hogar y el capitán Jim les contó historias hasta que el sol rojo empezó a ponerse por encima del Puerto de Cuatro Vientos y las largas sombras de los álamos de Lombardía se tendieron sobre la nieve del sendero.

—Debo regresar al faro —dijo por fin—. Apenas llegaré a casa antes del anochecer. Gracias por una hermosa Navidad, señora Blythe. Traiga a Davy al faro una noche de éstas, antes de que se vaya.

—Quiero ver los dioses de piedra —dijo Davy, encantado.


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