Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Su esposo también trabaja demasiado, criando cerdos de exposición —dijo la señorita Cornelia—. Es famoso por sus hermosos cerdos. Está mucho más orgulloso de sus cerdos que de sus hijos. Pero es cierto que sus cerdos son inmejorables, mientras que sus hijos no son gran cosa. Eligió una madre mediocre para ellos y la mató de hambre mientras ella los tenía y los alimentaba. A los cerdos les daba la crema y a los hijos lo que quedaba.

—A veces, Cornelia, tengo que estar de acuerdo contigo aunque no me guste —dijo el capitán Jim—. Ésa es la pura verdad sobre Lewis Taylor. Cuando veo a esos pobres hijos suyos, despojados de todo lo que tienen que tener los niños, se me revuelve el estómago.

Gilbert fue a la cocina en respuesta a una llamada de su esposa. Ana cerró la puerta y lo recriminó.

—Gilbert, el capitán y tú tenéis que dejar de buscarle las vueltas a la señorita Cornelia. Ah, os he estado escuchando y no voy a permitirlo.

—Ana, la señorita Cornelia se está divirtiendo muchísimo. Tú sabes que sí.

—Bien, no importa. No tenéis por qué molestarla de esa manera. La cena está lista y, por favor, Gilbert, no permitas que la señora Rachel trinche los pavos. Sé que va a ofrecerse porque no te cree capaz de hacerlo bien. Demuéstrale que puedes.


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