Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Supongo que sÃ, que era exasperante —admitió la señorita Cornelia a desgana—, pero eso no justifica lo que dijo Job cuando ella murió. El dÃa del funeral volvió del cementerio con mi padre. No dijo ni una palabra hasta estar cerca de su casa. Entonces exhaló un profundo suspiro y dijo: «¡No me vas a creer, Stephen, pero éste es el dÃa más feliz de mi vida!». ¿No fue algo tÃpico de un hombre?
—Supongo que su esposa le habÃa hecho la vida bastante difÃcil —reflexionó el capitán Jim.
—SÃ, pero hay una cosa llamada discreción, ¿no? Aunque un hombre tenga el corazón lleno de alegrÃa por la muerte de su esposa, no tiene por qué proclamarlo a los cuatro vientos. Y, fuera el dÃa más feliz de su vida o no, Job Taylor no tardó mucho en volver a casarse, si recuerdas bien. La segunda esposa sà que podÃa manejarlo. Lo hacÃa marcar el paso, créanme. Lo primero que hizo fue obligarle a poner una lápida sobre la tumba de su primera esposa, y dejó un lugar en la piedra para su propio nombre. DecÃa que luego no habrÃa nadie para obligarlo a ponerle una lápida.
—Hablando de los Taylor, ¿cómo está la señora de Lewis Taylor, los de Glen, doctor? —preguntó el capitán Jim.
—Mejorando poco a poco, pero trabaja demasiado —respondió Gilbert.