Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Nunca dije que los metodistas no tuvieran sentido común, capitán. Lo que digo es que dudo de que tengan mucho sentido religioso.

—Supongo que estará a favor del sufragio femenino, señorita Cornelia —dijo Gilbert.

—Yo no anhelo el voto, créanme —dijo la señorita Cornelia con desdén—. Yo sé lo que es limpiar lo que ensucian los hombres. Pero uno de estos días, cuando los hombres se den cuenta de que han convertido al mundo en un lío del que no pueden salir, nos darán el voto de buen grado, para pasarnos los problemas a nosotras. Ése es el plan. ¡Ah, menos mal que las mujeres somos pacientes, créanme!

—¿Y qué me dices de Job? —preguntó el capitán Jim.

—¡Job! Era tan poco común encontrar un hombre paciente, que cuando descubrieron uno decidieron que no fuera olvidado fácilmente —replicó la señorita Cornelia con aire triunfal—. La cuestión es que la virtud no acompaña al nombre. No ha nacido hombre tan impaciente como Job Taylor, el del otro lado del puerto.

—Bien, tú sabes que tenía mucho que soportar, Cornelia. Ni tú podrías defender a su mujer. Siempre recuerdo lo que el viejo William MacAllister dijo de ella en su entierro: «No hay duda de que era una mujer cristiana, pero tenía el carácter del mismo diablo».


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