Ana y la casa de sus suenos

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—Los metodistas nos ofrecieron su iglesia, Cornelia.

—La iglesia de Glen St. Mary no habría sido construida hasta el día de hoy —continuó la señorita Cornelia, ignorando al capitán Jim—, si las mujeres no hubiéramos tomado la iniciativa haciéndonos cargo de la situación. Dijimos que nosotras queríamos una iglesia, aunque los hombres quisieran seguir discutiendo hasta el día del Juicio Final, y que estábamos cansadas de ser el hazmerreír de los metodistas. Tuvimos una reunión, elegimos un comité y salimos a pedir suscripciones. Las conseguimos. Cuando alguno de los hombres intentaba decir algo, le contestábamos que ellos habían intentado construir una iglesia durante dos años y que ahora era nuestro turno. Les hicimos cerrar la boca, créanme, y en seis meses tuvimos nuestra iglesia. Claro que cuando los hombres nos vieron tan decididas, dejaron de pelear y se pusieron a trabajar, como hacen todos los hombres al darse cuenta de que o trabajan o dejan de dar órdenes. Ah, las mujeres no pueden pronunciar sermones ni ocupar cargos religiosos, pero pueden construir iglesias y reunir el dinero para construirlas.

—Los metodistas permiten a sus mujeres pronunciar sermones —dijo el capitán Jim.

La señorita Cornelia lo traspasó con la mirada.


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