Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—No; ni quiero; al menos eso creo. La muerte se hace más amistosa a medida que uno envejece. No es que nadie quiera morirse, Marshall. Tennyson decía la verdad cuando lo dijo. La vieja señora Wallace, de Glen, por ejemplo. Ha tenido muchísimos problemas toda su vida, pobrecita, y ha perdido a casi todos a los que quería. Siempre dice que se alegrará cuando le llegue la hora, que no quiere seguir viviendo en este valle de lágrimas, pero cuando se pone enferma, ¡monta un escándalo! Médicos de la ciudad, enfermera diplomada y remedios suficientes para matar un perro. Tal vez la vida sea un valle de lágrimas, pero yo creo que alguna gente disfruta mucho llorando.

Pasaron la última hora del año viejo en silencio, alrededor del fuego. Pocos minutos antes de las doce, el capitán Jim se puso de pie y abrió la puerta.

—Dejemos que entre el Año Nuevo —dijo.

La noche era hermosa y azul. Una cinta luminosa de luz de luna recortaba el golfo. El puerto brillaba como un campo de perlas. Permanecieron ante la puerta, esperando; el capitán Jim con su profunda, madura experiencia; Marshall Elliott con su mediana edad vigorosa pero vacía; Gilbert y Ana con sus queridos recuerdos y sus deliciosas esperanzas; Leslie con su pasado de años de carencias y su futuro sin esperanzas. El reloj de la repisa del hogar dio las doce.


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