Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Me encanta bailar —le dijo a Ana—. No bailo desde que tenía dieciséis años, pero me encanta. Parece que la música me corre por las venas como si fuera mercurio, y me olvido de todo, de todo, excepto del placer de seguir el ritmo. No hay suelo bajo mis pies ni techo por encima de mi cabeza: floto entre las estrellas.

El capitán Jim colgó el violín en su lugar, junto a un gran cuadro que exhibía varios billetes de Banco.

—¿Hay alguien entre sus conocidos que pueda darse el lujo de adornar las paredes con billetes de Banco, en lugar de cuadros? —preguntó—. Ahí hay veinte billetes de diez dólares que no valen ni el vidrio que los cubre. Son viejos billetes del banco de la Isla Príncipe Eduardo. Los tenía cuando quebró el banco y los hice enmarcar, en parte para que me recordaran que no confiara en los bancos y en parte para experimentar una sensación verdaderamente lujosa, de millonario. Hola, Oficial, no te asustes. Ya puedes volver. La música y la juerga han terminado por esta noche. Le queda una hora al año viejo para quedarse con nosotros. He visto setenta y seis Años Nuevos llegar por ese golfo, señora Blythe.

—Y verás cien —dijo Marshall Elliott. El capitán Jim negó con la cabeza.


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