Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Ana se sintió muy dolida; por un momento, creyó que no podría volver a ver a Leslie. Pero cuando Leslie fue a su casa días después, estuvo tan agradable, tan cariñosa, tan franca, y además ingeniosa y alegre, que Ana se dejó ganar por el perdón y el olvido. Pero no volvió a mencionar a Leslie nada de su querida esperanza, ni Leslie volvió a hacer referencia al tema. Un atardecer, cuando los últimos días del invierno esperaban atentos la llamada de la primavera, Leslie fue a la casita a charlar y al irse dejó una cajita blanca sobre la mesa. Ana la vio cuando ya se había ido y la abrió, intrigada. Dentro había un vestidito blanco de exquisita labor, con un delicado bordado y preciosos pliegues; era precioso. Cada puntada era una obra de arte de la costura y los volantes del cuello y las mangas eran de verdadera puntilla valenciana. Sobre él, había una tarjeta: «De Leslie, con amor».
—Cuántas horas de trabajo le habrá llevado —dijo Ana—. Y la tela le costó mucho más de lo que ella puede gastar. Qué delicadeza de su parte.
Pero Leslie estuvo brusca y cortante cuando se lo agradeció y Ana se sintió despechada de nuevo.