Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos El regalo de Leslie no fue el único. La señorita Cornelia había dejado, por el momento, de coser para niños octavos no queridos y se había dedicado a coser para uno primogénito, y muy deseado, cuya llegada sería esperada con mucha ansiedad. Philippa Blake y Diana Wright enviaron dos prendas maravillosas y la señora Rachel envió varias, en las cuales la buena tela y las puntadas modestas ocuparon el lugar del bordado y los volantes. Ana misma hizo muchas, no profanadas por el toque de una máquina, y pasó en esta tarea las horas más felices de aquel feliz invierno.
El capitán Jim fue la visita más asidua de la casita y la mejor recibida. Ana quería cada día más al viejo marino de alma sencilla y corazón grande. Era tan refrescante como una brisa marina, tan interesante como una crónica antigua. Ella nunca se cansaba de escuchar sus historias y sus delicados comentarios eran un continuo placer. El capitán Jim era una de esas personas interesantes, poco comunes, que «nunca hablan sin decir algo». La leche de la bondad humana y la sabiduría de la serpiente se mezclaban en su composición en la proporción justa. Nada parecía jamás molestar o deprimir al capitán Jim.