Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Amanecer y atardecer
A principios de junio, cuando las rosas silvestres habían invadido las dunas y Glen estaba cubierta por azahares, Marilla llegó a la casita, acompañada de un arcón de crin negra que había reposado en la buhardilla de Tejas Verdes durante medio siglo. Susan Baker que, tras unas pocas semanas en la casita, había llegado a adorar con ciego fervor a «la joven esposa del doctor», como llamaba a Ana, miró a Marilla con celosa desconfianza. Pero como Marilla no intentó inmiscuirse en las cuestiones de la cocina y no mostró deseo alguno de interrumpir el servicio que prestaba Susan a la joven esposa del doctor, la buena mujer se reconcilió con su presencia y contó a sus amigos de Glen que la señorita Cuthbert era una encantadora anciana que sabía cuál era su lugar.
Un atardecer, cuando el límpido cuenco azul del cielo estaba coloreado de un rojo vivo y los petirrojos hacían estremecer el crepúsculo dorado con jubilosos himnos a las estrellas de la tarde, hubo una súbita conmoción en la casita de los sueños. Se enviaron mensajes telefónicos a Glen; el doctor Dave y una enfermera de gorro blanco vinieron deprisa; Marilla se puso a pasear por los senderos del jardín entre las conchas, murmurando plegarias y Susan se sentó en la cocina con algodón en los oídos y la cara tapada con el delantal.
