Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La señorita Cornelia no se dignó responder, sino que se volvió a Susan Baker, una solterona de Glen, de rostro avinagrado y buen corazón, que había sido empleada como criada para todo servicio en la casita durante algunas semanas. Susan había ido a Glen a visitar a una enferma y acababa de regresar.
—¿Cómo está la pobre tía Mandy esta noche? —preguntó la señorita Cornelia.
Susan suspiró.
—Muy mal, muy mal, Cornelia. Me temo que pronto estará en el cielo, ¡pobrecita!
—¡Ay, no puede estar tan mal! —exclamó la señorita Cornelia, preocupada.
El capitán Jim y Gilbert se miraron. Entonces, súbitamente, se pusieron en pie y salieron.
—Hay momentos —dijo el capitán Jim, entre espasmos—, en los que sería un pecado no reírse. ¡Dos mujeres tan excelentes!