Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Le daban rabietas cada dos o tres días y se negaba a levantarse de la cama —dijo la señorita Cornelia, regodeándose—. La esposa tenía que ocuparse de todo el trabajo hasta que se le pasaba. Cuando él murió, la gente le escribió cartas de condolencias. De haberle escrito, yo le habría mandado una de felicitación. El padre, el viejo Abram Booth, era un borracho asqueroso. Estuvo borracho en el entierro de su esposa y pasó todo el tiempo trastabillando e hipando: «No beeebí mucho pero me siento muuuy raro». Yo le di un buen golpe en la espalda con el paraguas cuando se me acercó y eso lo dejó sobrio hasta que sacaron el ataúd de la casa. El joven Johnny Booth iba a casarse ayer, pero no pudo porque se le ocurrió coger paperas. ¿No es típico de un hombre?

—¿Cómo podría haber evitado coger paperas, pobre hombre?

—Ya me iba a venir a mí con «pobre hombre», créeme, si yo fuera Kate Sterns. No sé cómo podría haber evitado las paperas, pero sí sé que el banquete de bodas estaba preparado y todo se echará a perder antes de que se recupere. ¡Qué desperdicio! Tendría que haber tenido paperas cuando era pequeño.

—Vamos, vamos, Cornelia, ¿no te parece que no estás siendo muy razonable?


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