Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Fue la voluntad de Dios, Ana —dijo Marilla, impotente ante el enigma del universo, ante el porqué del dolor no merecido—. Y la pequeña Joy está mejor donde está.

—No voy a creer eso —exclamó Ana, con amargura. Luego, al ver que Marilla estaba conmocionada, agregó, apasionadamente—: ¿Por qué tuvo que nacer, entonces? ¿Por qué nace la gente, si estamos mejor muertos? Yo no puedo creer que es mejor para una criatura morir al nacer que vivir una vida plena, amar y ser amada, ser feliz y ser desdichada, hacer lo que deba hacer y desarrollar una manera de ser que le dé una personalidad en la eternidad. Además, ¿cómo sabes que fue la voluntad de Dios? Tal vez fue el Poder del Mal el que torció Sus propósitos. Que nadie espere que nos resignemos a eso.

—Ay, Ana, no hables así —dijo Marilla, genuinamente alarmada por temor a que Ana estuviera metiéndose en aguas profundas y peligrosas—. No podemos comprender, pero debemos tener fe, debemos creer que todo es para nuestro bien. Sé que te resulta difícil aceptarlo ahora. Pero trata de ser valiente, aunque sólo sea por Gilbert. Está muy preocupado por ti. No te estás recuperando como deberías.


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