Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Bien, ahora pertenece a la Iglesia Presbiteriana de Glen St. Mary, y yo se la alquilé a los administradores. Pero hasta hace poco pertenecÃa a una anciana, la señorita Elizabeth Russell. Murió la primavera pasada y, como no tenÃa parientes cercanos, le dejó la propiedad a la Iglesia de Glen St. Mary. Sus muebles seguÃan en la casa y los compré casi todos por nada; eran todos tan anticuados que los administradores no sabÃan a quién venderlos. En Glen St. Mary, la gente prefiere el elegante brocado y los aparadores con espejos y adornos, creo. Pero los muebles de la señorita Russell son muy buenos y estoy seguro de que te gustarán, Ana.
—Hasta ahora, todo muy bien —dijo Ana, asintiendo con cautela—. Pero, Gilbert, la gente no puede vivir sólo de muebles. No has mencionado algo muy importante. ¿Hay árboles alrededor de la casa?
—A montones, ¡oh, ninfa de los bosques! Hay un bosquecito de abetos detrás de la casa, dos hileras de álamos de LombardÃa en el sendero de la entrada y un anillo de abedules blancos rodeando un jardÃn precioso. La puerta principal da al jardÃn pero hay otra entrada, una especie de portón pequeño, entre dos abetos. Las bisagras están sujetas a un tronco y el pasador a otro. Las ramas forman un arco encima de él.