Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Caminé por la costa durante meses después de aquello —dijo con tristeza—. Buscando su querido y dulce cuerpecito, pero el mar nunca me la devolvió. Aunque la encontraré algún día, señora Blythe, la encontraré algún día. Me está esperando. Ojalá pudiera decirle cómo era, pero no puedo. He visto una delicada niebla de plata suspendida sobre el banco al atardecer, que me ha parecido ella… y en otras ocasiones, he visto un abedul blanco en los bosques, que me ha hecho pensar en ella. Tenía los cabellos castaños claros y una carita blanca y muy dulce, y los dedos largos y delgados, como los suyos, señora Blythe, sólo que más oscuros, porque era una muchacha de la costa. A veces me despierto por las noches y oigo al mar que me llama como antes, y me parece que la perdida Margaret llama con él. Y cuando hay tormenta y las olas sollozan y gimen, la oigo lamentarse entre ellas. Y cuando ríen en un día alegre, es su risa, la dulce, traviesa y graciosa risa de la perdida Margaret. El mar me la quitó, pero algún día la encontraré, señora Blythe. No puede mantenernos separados para siempre.

—Me alegro de que me haya hablado de ella —dijo Ana—. A menudo me he preguntado por qué usted había vivido solo toda su vida.



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