Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos a tomarla por esposa.
»Una mujer no puede estar segura de que no se casará hasta no estar enterrada, querida señora, y mientras tanto yo prepararé un montón de pasteles de cereza. He notado que al doctor le gustan, y a mà me gusta cocinar para un hombre que le hace honores a la comida.
La señorita Cornelia fue de visita aquella tarde; llegó resoplando.
—No me molestan mucho el mundo y el demonio, pero la carne sà —admitió—. Tú siempre te ves fresca como una lechuga, Ana, querida. ¿Huelo a pastel de cereza? Si es asÃ, invÃtame a tomar el té. No he probado el pastel de cereza en todo el verano. Me robaron todas las cerezas esos golfillos de Glen, los Gilman.
—Vamos, vamos, Cornelia —le recriminó el capitán Jim, que estaba leyendo una novela sobre marinos en un rincón de la sala—, no deberÃas decir eso sobre dos pobres niños sin madre, a menos que tengas pruebas. El hecho de que el padre no sea demasiado honrado no es razón para llamar ladrones a sus hijos. Lo más probable es que tus cerezas se las hayan llevado los petirrojos. Hay muchÃsimos este año.
—¡Petirrojos! —dijo la señorita Cornelia, desdeñosa—. ¡Ja! ¡Petirrojos de dos patas!
—Bien, casi todos los petirrojos de Cuatro Vientos han sido creados sobre esa base —dijo el capitán Jim, serio.