Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —¡Ah, Cornelia! —dijo Susan, con inefable desdén—. Espero que tenga mejor idea, querida señora, que hacer caso de lo que dice Cornelia Bryant. No sé por qué tiene que estar siempre criticando a los hombres, aunque sea una vieja solterona. Yo soy una vieja solterona, pero usted nunca me oirá hablar mal de los hombres. A mà me gustan. Me habrÃa casado de haber podido. ¿No es raro que nadie me haya propuesto nunca matrimonio, querida señora? No soy ninguna belleza, pero no soy más fea que la mayorÃa de las mujeres casadas que hay por ahÃ. Pero nunca tuve novio. ¿Cuál le parece que pudo haber sido la razón?
—Puede ser el destino —sugirió Ana, con solemnidad.
Susan asintió.
—Eso es lo que he pensado muchas veces, querida señora, y es un gran consuelo. No me importa que nadie me haya querido si es debido a los designios del Todopoderoso. Pero a veces me surge la duda, querida señora, y me pregunto si no podrÃa ser que el viejo Lucifer haya metido la cola. Entonces sà que no me resigno. Pero —agregó Susan— puede ser que todavÃa tenga esperanzas de casarme. Una y otra vez pienso en unos viejos versos que solÃa repetir mi tÃa:
No se sabe de gansa
tan poco donosa
que un ganso honesto no viniera