Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Ana no había reparado en las orejas de Owen Ford, pero sí en los dientes, cuando él entreabrió los labios en una franca y amistosa sonrisa. Sin sonreír, su rostro era algo triste y de expresión ausente, no muy diferente del melancólico e inescrutable héroe de los sueños tempranos de Ana; pero la alegría, el buen humor y el encanto lo iluminaban cuando sonreía. Era cierto que, exteriormente, como había dicho la señorita Cornelia, Owen Ford era un individuo muy presentable.
—No puede imaginarse lo que me alegra estar aquí, señora Blythe —dijo, mirando alrededor con ojos ansiosos e interesados—. Tengo la extraña sensación de llegar a casa. Mi madre nació y pasó su niñez aquí, sabe. Solía hablarme de su viejo hogar. Conozco la geografía de esta casa tan bien como la de la casa en la que viví y, por supuesto, ella me contó la historia de cómo se construyó la casa, y de la agónica guardia que hizo mi abuelo esperando al Royal William. Yo creía que una casa tan vieja habría desaparecido hace años, de lo contrario habría venido antes a verla.
—Las casas viejas no desaparecen fácilmente en esta costa —dijo Ana, sonriendo—. Ésta es «una tierra donde todas las cosas siempre parecen las mismas», casi siempre, al menos. La casa de John Selwyn no ha cambiado mucho y los rosales que plantó su abuelo para su novia están floreciendo en este mismo momento.