Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Bien, mi querida señora, a mí me gusta ver a un hombre atractivo —dijo Susan, con toda inocencia—. ¿No sería mejor que le preparara algo de comer? Hay un pastel de cereza que se deshace en la boca.

—No, Leslie lo está esperando y le tiene la cena preparada. Además, quiero ese pastel de cereza para mi pobre marido. No llegará hasta tarde, así que déjele el pastel y un vaso de leche, Susan.

—Lo haré, mi querida señora. Susan está al timón. Después de todo, es mejor darles pastel a los hombres propios que a los forasteros, que tal vez sólo busquen comer; además el doctor es tan buen mozo como el que más.

Cuando Owen Ford llegó, Ana admitió secretamente, mientras la señorita Cornelia lo hacía entrar, que era realmente atractivo. Era alto y ancho de espaldas, con espesos cabellos castaños, nariz y mentón bien formados, y grandes y brillantes ojos gris oscuro.

—¿Y le vio las orejas y los dientes, mi querida señora? —le preguntó más tarde Susan—. Tiene las orejas mejor formadas que he visto en una cabeza de hombre. Yo soy muy especial con las orejas. Cuando era joven, me daba pánico tener que casarme con un hombre con orejas como aletas. Pero no tendría que haberme preocupado, porque jamás tuve la menor oportunidad con ningún tipo de orejas.


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