Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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La visita del capitán Jim a su viejo amigo había revivido viejos recuerdos y ahora él navegaba en la pleamar de las reminiscencias.

—Henry me preguntaba hoy si me acordaba de cuando el viejo padre Chiniquy bendijo el bote de Alexander MacAllister. Otra vieja historia, y tan verdadera como la luz que me alumbra. Yo estaba en el bote. Él y yo salimos en el bote de Alexander MacAllister una mañana, al alba. Había además un muchacho francés en el bote, católico, por supuesto. Usted sabe que el padre Chiniquy se había hecho protestante, de modo que los católicos no lo querían mucho. Bien, estuvimos en el golfo hasta el mediodía y no picaba nada. Cuando volvimos a la costa, el padre Chiniquy tenía que irse, así que dijo, con su cortesía de siempre: «Siento mucho no poder salir con usted esta tarde, señor MacAllister, pero le dejo mi bendición. Pescarán mil peces esta tarde». Bien, no pescamos mil, pero sí novecientos noventa y nueve exactos; fue la redada más grande para un bote pequeño en toda la costa norte aquel verano. Curioso, ¿verdad? Alexander MacAllister le dice a Andrew Peters: «Bien, ¿y qué te parece ahora el padre Chiniquy?». Y Andrew gruñó: «Creo que a ese viejo diablo todavía le queda una bendición». ¡Ah! ¡Cómo se reía hoy Henry recordándolo!


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