Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Ah, no creo que quiera ser importunado con eso —rezongó el capitán Jim, que en secreto se moría por mostrarlo.

—Me gustaría mucho verlo, capitán Boyd —dijo Owen—. Si es la mitad de maravilloso que sus cuentos, valdrá la pena verlo.

Con falsa renuencia, el capitán Jim sacó su libro de la vida de su viejo baúl y se lo entregó a Owen.

—No creo que quiera perder el tiempo con esas cosas. Yo no tuve mucha educación —observó, como al pasar—. Escribí eso ahí para entretener a mi sobrino Joe. Se pasa el tiempo pidiendo cuentos. Vino ayer y me dijo, con tono de reproche, mientras yo desembarcaba diez kilos de bacalao del bote: «Tío Jim, ¿el bacalao no es un animalito del Señor?». Yo había estado diciéndole que tenía que ser muy bueno con los animalitos del Señor, ¿sabe?, y no hacerles daño. Salvé la situación diciéndole que el bacalao era un animalito pero no de los del Señor, pero Joe no se conformó, y yo tampoco. Hay que tener mucho cuidado con lo que se les dice a las criaturas. Ellos nos leen la mente.



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