Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —No serÃa tan difÃcil irme y dejarla, si ella fuera feliz —continuó Owen, con tono apasionado—. Pero pensar en su muerte en vida, ¡darme cuenta de cómo la dejo! Eso es lo peor. DarÃa la vida por hacerla feliz y no puedo hacer nada ni siquiera por ayudarla, nada. Está atada para siempre a ese pobre infeliz, sin nada que esperar, más que envejecer en una sucesión de años vacÃos, estériles, sin sentido. Me vuelvo loco sólo de pensarlo. Pero debo seguir con mi vida, sin verla jamás, y sabiendo siempre lo que ella está soportando. Es horrible, ¡horrible!
—Es muy difÃcil —dijo Ana, apenada—. Nosotros, sus amigos de aquÃ, todos sabemos cuan difÃcil es para ella.
—Y está tan capacitada para la vida —dijo Owen, con rebeldÃa—. Su belleza es el menor de sus dones, y eso que es la mujer más hermosa que he visto jamás. ¡Y su risa! He pasado todo el verano intentando buscar esa risa, sólo por el placer de oÃrla. Y sus ojos, tan profundos y azules como ese golfo. Nunca vi un azul igual, ¡y el dorado de sus cabellos! ¿Alguna vez le vio el pelo suelto, señora Blythe?
—No.