Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Yo sí, una vez. Había ido al faro para salir a pescar con el capitán Jim pero el mar estaba demasiado picado, de modo que regresé. Ella había aprovechado lo que creía que sería una tarde solitaria para lavarse el cabello, y estaba sentada en la galería, secándoselo al sol. Le caía hasta los tobillos, como una fuente de oro viviente. Cuando me vio, entró en la casa deprisa y el viento le arremolinó el cabello alrededor: Dánae en su nube. Entonces tuve la certeza de que la amaba y me di cuenta de que la había amado desde el momento en que la vi por primera vez, en pie contra la oscuridad en aquel destello de luz. Y tiene que seguir viviendo aquí, cuidando y tranquilizando a Dick, economizando y ahorrando para sobrevivir, nada más, mientras yo paso mi vida soñando vanamente con ella y sin poder, por ese mismo hecho, darle la pequeña ayuda que podría darle un amigo. Anoche estuve paseando por la costa casi hasta el amanecer y reflexioné sobre todo esto una y otra vez. Sin embargo, a pesar de todo, no está en mi corazón arrepentirme de haber venido a Cuatro Vientos. Me parece, por malas que sean las cosas, que habría sido aún peor no haber conocido a Leslie. Es un dolor ardiente y arrebatador amarla y dejarla, pero no haberla amado es inconcebible. Supongo que todo esto parecerá una locura, todas estas emociones terribles siempre suenan absurdas cuando las ponemos en nuestras pobres palabras. No son para ser verbalizadas: sólo sentidas y soportadas. No tendría que haber dicho nada, pero me ha ayudado… un poco. Al menos, me ha dado fuerzas para irme respetablemente mañana, sin hacer una escena. ¿Me escribirá de vez en cuando, verdad, señora Blythe, para darme noticias de ella?


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