Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Sí —dijo Ana—. Ah, lamento tanto que se vaya, lo echaremos mucho de menos; ¡hemos sido tan buenos amigos! Si no fuera por esto, podría regresar otros veranos. Tal vez, incluso así, de vez en cuando, cuando haya olvidado, quizá…

—Jamás la olvidaré y jamás regresaré a Cuatro Vientos —dijo Owen, terminante.

El silencio y el crepúsculo cayeron sobre el jardín. A lo lejos el mar, suave y monótono, lamía el banco de arena. El viento del anochecer entre los álamos sonaba como una triste, extraña y antigua melodía, un sueño quebrado de viejos recuerdos. Un esbelto y bien formado álamo joven se levantaba ante ellos contra los delicados tonos amarillo, esmeralda y rosa pálido del cielo de poniente, que delineaba cada hoja y cada ramita en una oscura, trémula y mágica belleza.

—¿No es hermoso? —dijo Owen, señalándolo con el aire de un hombre que da por terminada una conversación.

—Tan hermoso, que duele —dijo Ana con suavidad—. Las cosas perfectas como ésa siempre me han dolido. Recuerdo que cuando era pequeña, lo llamaba «el dolor raro». ¿Cuál es la razón de que la perfección parezca inseparable de un dolor así? ¿Es el dolor de lo concluido, cuando nos damos cuenta de que no puede haber nada mejor y que lo único posible es un retroceso?


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