Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Tal vez —dijo Owen, soñador— sea el infinito prisionero en nosotros, que llama al otro infinito expresado en esa perfección visible.
—Me da la impresión de que ha pescado un resfriado. Frótese la nariz con un poco de sebo antes de acostarse —dijo la señorita Cornelia, que habÃa entrado por el portoncito a tiempo para escuchar el último comentario de Owen. A la señorita Cornelia le gustaba Owen, pero para ella era cuestión de principios recibir con un comentario despectivo cualquier cháchara pomposa de un hombre.
La señorita Cornelia personificó la comedia que siempre espÃa desde la esquina la tragedia de la vida. Ana, cuyos nervios ya estaban bastante tensos, empezó a reÃr histéricamente y Owen sonrió. Por cierto, el sentimiento y la pasión tenÃan por costumbre desvanecerse en el aire en presencia de la señorita Cornelia. Y sin embargo, para Ana nada parecÃa tan sin esperanza, tan oscuro y tan doloroso como lo dicho unos momentos antes. El sueño no visitó sus ojos aquella noche.