Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Bien, lo único a que aspiro —dijo la señorita Cornelia con calma— es que a mi muerte nadie me llame «la hermana que nos ha dejado». Tengo aversión a todo este asunto de hermanos y hermanas desde hace cinco años, cuando un evangelista itinerante estuvo dando algunas conferencias en Glen. A mí no me gustó nada desde el principio. Sentí en los huesos que había algo malo en aquel hombre. Y lo había. Atención, se decía presbiteriano, y lo pronunciaba «presbitariano», y en ningún momento dejó de ser metodista. Trataba a todo el mundo de hermano y hermana. Tenía un gran círculo de relaciones. Una noche me cogió la mano con fuerza y me imploró: «Mi querida hermana Bryant, ¿eres cristiana?». Yo lo miré de arriba abajo y luego le dije, con toda la calma del mundo: «El único hermano que tuve, señor Fiske, fue enterrado hace quince años, y desde entonces no he adoptado a ningún otro. En cuanto a ser cristiana, lo era, según creo, cuando usted gateaba en pañales». Eso lo apabulló, créeme.