Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Sí, es una expresión espantosa —dijo Ana, riendo—. El cementerio de Avonlea estaba lleno de viejas lápidas «a la sagrada memoria de Fulana de Tal, extinta esposa del fallecido Mengano de Tal». Siempre me hacía pensar en algo gastado por el uso y apolillado. ¿Por qué hay tantas palabras desagradables relacionadas con la muerte? A mí me gustaría que se aboliera la costumbre de llamar a un cadáver «los restos». Yo me estremezco cuando oigo al hombre de la empresa de pompas fúnebres decir: «Los que deseen ver los restos pasen por aquí, por favor». Siempre me da la espantosa sensación de que estoy a punto de ver una escena de una fiesta caníbal.












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