Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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»Una noche vino Leslie y el tal Fiske se abalanzó sobre ella —¡ah, se preocupaba de manera especial por las almas de las chicas guapas, créeme!— pero lastimó sus sentimientos, y ella no volvió a ir. Entonces, todas las noches él rezaba, en público, para que el Señor ablandara el corazón de Leslie. Al final, fui a ver al señor Leavitt, nuestro ministro en aquel entonces, y le dije que si no le ponía límites al señor Fiske a la noche siguiente, yo me pondría de pie y le tiraría el libro de himnos cuando él mencionara a «esa joven hermosa pero impenitente». Y lo hubiera hecho, puedes creerme. El señor Leavitt le puso límites, claro, pero Fiske continuó con sus reuniones hasta que Charley Douglas puso fin a su carrera en Glen. La esposa de Charley había pasado en California todo el invierno. Había estado muy melancólica en el otoño: una melancolía religiosa, herencia de familia. El padre se preocupó tanto pensando que había cometido el pecado imperdonable, que murió en un manicomio. Por eso, cuando Rose Douglas se puso igual, Charley la mandó a visitar a su hermana en Los Angeles. Se curó perfectamente y volvió a casa cuando las reuniones de Fiske estaban en su mejor momento. Ella bajó del tren en Glen, sonriente y jovial, y lo primero que vio mirándola a la cara desde el tejado negro del depósito de carga fue la pregunta, escrita en grandes letras blancas de medio metro de alto: «¿Hacia dónde diriges tus pasos? ¿Al cielo o al infierno?». Había sido una de las ideas de Fiske, y había hecho que Henry Hammond lo pintara. Rose lanzó un alarido y cuando la llevaron a su casa, estaba peor que nunca. Charley Douglas fue a ver al señor Leavitt y le dijo que todos los Douglas abandonarían la iglesia si Fiske se quedaba. El señor Leavitt tuvo que rendirse, porque los Douglas le pagaban la mitad del sueldo, de modo que Fiske se fue, y una vez más tuvimos que depender de nuestra Biblia para que nos instruyera sobre cómo llegar al cielo. Después de su marcha, el señor Leavitt averiguó que era un metodista enmascarado, y casi se puso enfermo, créeme. El señor Leavitt tenía algunos fallos, pero era un buen y honesto presbiteriano.


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