Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—A propósito, recibí una carta del señor Ford ayer —dijo Ana—. Me pidió que le transmitiera sus afectuosos saludos.

—No necesito sus saludos —dijo la señorita Cornelia, tajante.

—¿Por qué? —preguntó Ana, asombrada—. Pensé que le caía bien.

—Y sí, así era, en cierto sentido. Pero jamás le perdonaré lo que le ha hecho a Leslie. Ahí está esa pobre criatura estrujándose el corazón por él, como si ya no tuviera suficientes problemas, y él muy ufano por Toronto, divirtiéndose como si nada, seguramente. Típico de un hombre.

—Ay, señorita Cornelia, ¿cómo lo averiguó?

—Cielo santo, querida Ana, tengo ojos en la cara, ¿no? Y conozco a Leslie desde que era niña. Ha habido un nuevo dolor en sus ojos todo el otoño, y yo sé que ese escritor ha tenido algo que ver. Jamás me perdonaré por haber sido el medio para que él viniera aquí. Pero nunca esperé que fuera como era. Pensé que sería como los otros hombres a los que Leslie había tomado como pensionistas: asnos presumidos que jamás podrían interesarle. Uno intentó seducirla una vez, y ella lo puso en su sitio con tanta energía, que dudo que haya podido reaccionar desde entonces. Por eso jamás creí que pudiera haber ningún peligro.


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