Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Gilbert Blythe, no vas a hacer semejante cosa —exclamó Ana con vehemencia—. ¡Ay, Gilbert! No lo harás, no lo harás. No podrÃas ser tan cruel. Prométeme que no lo harás.
—Pero, mi nenita, no creà que lo tomaras asÃ. Sé razonable…
—No seré razonable, no puedo ser razonable, soy razonable. Tú eres el que no es razonable. Gilbert, ¿no te has detenido a pensar lo que significarÃa para Leslie que Dick Moore recuperara los sentidos? ¡Piénsalo! Ahora ya es lo bastante desgraciada, pero la vida como enfermera de Dick es mil veces más fácil para ella que la vida como esposa de Dick. Yo lo sé, ¡lo sé! Es inconcebible. No interfieras en ese asunto. Deja todo como está.
—He pensado mucho en ese aspecto del caso, Ana. Pero creo que un médico debe poner el interés del cuerpo y la mente de un paciente por encima de cualquier otra consideración, cualesquiera que sean las consecuencias. Considero que es mi deber luchar por devolver la salud y la cordura, si existe alguna esperanza.
—Pero Dick no es tu paciente —exclamó Ana, atacando desde otro flanco—. Si Leslie te hubiera preguntado si podÃa hacerse algo por él, entonces sà podrÃa ser tu deber decirle lo que piensas. Pero no tienes ningún derecho a interferir.