Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —No seas punzante, nenita mÃa. Tú sabes que no es que lo consideres anticuado, sabes que tú piensas lo mismo sobre lo sagrado de las responsabilidades asumidas. Y tienes razón. Eludir las responsabilidades es la maldición de la vida moderna, el secreto del desorden y del descontento que bullen en el mundo.
—Asà habló el profeta —se burló Ana. Pero debajo de la burla, sentÃa que él tenÃa razón; y le dolÃa el corazón por Leslie.
Una semana más tarde, la señorita Cornelia cayó como una avalancha en la casita. Gilbert no estaba y Ana se vio obligada a soportar el embate del impacto sola.
La señorita Cornelia apenas esperó a quitarse el sombrero para comenzar.
—Ana, ¿es cierto que el doctor Blythe le ha dicho a Leslie que Dick puede curarse y que ella va a llevarlo a Montreal para que lo operen?
—SÃ, es cierto, señorita Cornelia —dijo Ana, con valentÃa.
—Bien, es una crueldad inhumana, eso es lo que es —dijo la señorita Cornelia, violentamente agitada—. Yo creÃa que el doctor Blythe era un hombre decente. No creà posible que fuera culpable de esto.
—El doctor Blythe consideró su deber decirle a Leslie que existÃa una posibilidad para Dick —dijo Ana con espÃritu. E impelida por su lealtad hacia Gilbert, agregó—: Yo estoy de acuerdo con él.