Ana y la casa de sus suenos

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—Ah, no, claro que no, querida —dijo la señorita Cornelia—. Ninguna persona con entrañas podría estar de acuerdo con eso.

—El capitán Jim también lo está.

—No me hables de ese viejo papanatas —exclamó la señorita Cornelia—. Y no me importa quién esté de acuerdo con él. Piensa, piensa en lo que significa para esa pobre muchacha acosada.

—Lo hemos pensado. Pero Gilbert considera que un médico debe anteponer el bienestar de la mente y el cuerpo de un paciente a cualquier otra consideración.

—Es típico de un hombre. Pero yo esperaba algo mejor de ti, Ana —dijo la señorita Cornelia con más pena que ira.

Entonces procedió a bombardear a Ana precisamente con los mismos argumentos con los cuales esta última había atacado a Gilbert; y Ana, valientemente, defendió a su esposo con las armas que él había usado para su propia protección. Largo fue el combate, pero la señorita Cornelia por fin lo dio por terminado.

—Es una vergüenza, una iniquidad —afirmó, casi con lágrimas—. Eso es lo que es: una vergüenza y una iniquidad. ¡Pobre, pobre Leslie!

—¿No le parece que también hay que considerar a Dick, aunque sea un poquito? —preguntó Ana.


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