Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—¡Dick! ¡Dick Moore! Él es feliz. Ahora es un miembro de la sociedad con mejor conducta y reputación que antes. Caramba, si era un borracho, y tal vez algo peor. ¿Van a dejarlo libre otra vez para que ruja y devore?

—Puede reformarse —dijo la pobre Ana, arrinconada por una enemiga afuera y una traidora por dentro.

—¡Reformarse! —replicó la señorita Cornelia—. Dick Moore se hizo las heridas que lo dejaron como está en una pelea de borrachos. Se merece la suerte que le tocó. Ha sido un castigo divino. Yo no creo que el doctor tenga por qué interferir con los designios de Dios.

—Nadie sabe cómo se lastimó Dick, señorita Cornelia. Pudo no haber sido en una pelea de borrachos. Pudieron haberlo asaltado para robarle.

—Y los cerdos pueden llegar a silbar —dijo la señorita Cornelia—. Bien, la esencia de lo que me dices es que el asunto está resuelto y es inútil hablar. Si es así, cerraré la boca. No tengo intención de gastarme los dientes mordiendo limas. Cuando algo debe ser, yo me rindo. Pero primero quiero asegurarme por completo de que debe ser. Ahora dedicaré mis energías a consolar y apoyar a Leslie. Y después de todo —agregó la señorita Cornelia, iluminada con la luz de la esperanza—, tal vez no pueda hacerse nada por Dick.


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