Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Después de tomar la decisión, Leslie se puso manos a la obra con su típica resolución y rapidez. Primero había que terminar con la limpieza de la casa, cualesquiera que fuesen las cuestiones de vida y muerte que esperaran más tarde. La casa gris del arroyo quedó impecable, con la pronta asistencia de la señorita Cornelia. La señorita Cornelia, después de haber dado su opinión a Ana, y luego a Gilbert y al capitán Jim (sin compasión por ninguno de los dos, que no quede la menor duda), no le dijo ni una palabra del asunto a Leslie. Aceptó el hecho de la operación de Dick, hacía referencia a ella con indiferencia cuando era necesario y la ignoraba cuando no lo era. Leslie no intentó jamás hablar del tema. Estuvo muy fría y callada durante aquellos hermosos días primaverales. Rara vez visitaba a Ana y, aunque se mostraba invariablemente cortés y amistosa, esa misma cortesía era como una barrera de hielo entre ella y la gente de la casita. Las viejas bromas, risas y camaradería no podían llegarle ahora. Ana se negaba a ofenderse. Sabía que Leslie estaba atrapada por un temor espantoso, un temor que la alejaba de todo atisbo de felicidad y horas de placer. Cuando una gran pasión se apodera del alma, el resto de los sentimientos se apretujan en un costado. Leslie Moore nunca había tenido tanto miedo al futuro. Pero siguió adelante en el camino que había elegido, como los mártires de antaño, que recorrían el sendero elegido sabiendo que al final los esperaba la feroz agonía de la cruz.