Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La cuestión financiera fue solucionada más fácilmente de lo que Ana temÃa. Pidió prestado el dinero necesario al capitán Jim y, por insistencia de Leslie, hicieron una hipoteca sobre la granjita.
—Al menos, es una preocupación menos para la pobre muchacha —le dijo la señorita Cornelia a Ana—, y para mà también. Ahora bien, si Dick se recupera lo suficiente como para volver a trabajar, podrá ganar bastante para pagar los intereses; de lo contrario, el capitán Jim se las arreglará de alguna manera para que Leslie no tenga que pagarlos. Esto es lo que me dijo: «Me estoy haciendo viejo, Cornelia —me dijo—, y no tengo ni mujer ni hijos. Leslie no aceptará un regalo de nadie en vida, pero tal vez lo acepte de un muerto». De modo que no habrá problemas en lo que a eso concierne. Ojalá todo lo demás se solucione con la misma facilidad. En cuanto a ese desdichado de Dick, se ha portado horriblemente mal estos últimos dÃas. Ha estado con el diablo en el cuerpo, ¡créeme! Leslie y yo no podÃamos trabajar por culpa de sus travesuras. Un dÃa se puso a correr a los patos por el patio hasta que se murieron casi todos. Y no nos ayudaba en nada. A veces, sabes, ayuda bastante, trayendo baldes de agua y cargas de leña. Pero esta semana, si lo mandábamos al pozo, trataba de bajar por él. Una vez yo pensé: «¡Si te tiraras de cabeza ahà adentro, todo se solucionarÃa a la perfección!».