Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Creo que te va a costar mucho creerme cuando te lo cuente, Gilbert. Yo misma todavÃa no puedo creerlo. Como dijo Susan el otro dÃa: «Me siento como una mosca que llega a la vida bajo el sol: atontada». Es todo tan increÃble. He leÃdo la carta una veintena de veces y dice siempre lo mismo… pero no puedo creer lo que leen mis ojos. Ah, Gilbert, tenÃas razón, tanta razón. Ahora lo veo con toda claridad; me siento avergonzada de mà misma. ¿Podrás perdonarme alguna vez?
—Ana, me pondré a sacudirte si no hablas con coherencia. Redmond se avergonzarÃa de ti. ¿Qué pasó?
—No me vas a creer… no me vas a creer.
—Voy a entrar a llamar por teléfono al doctor Dave —dijo Gilbert, e hizo ver que se dirigÃa a la casa.
—Siéntate, Gilbert. Intentaré contártelo. He recibido una carta y, ay, Gilbert, es todo tan asombroso, tan increÃblemente asombroso, nunca pensamos, a ninguno de nosotros se le ocurrió jamás…
—Supongo —dijo Gilbert, mientras se sentaba con aire resignado—, que lo mejor en un caso como éste es tener paciencia y enfrentar el asunto de manera categórica. ¿De quién es la carta?
—De Leslie, y… ay Gilbert…
—¡De Leslie! ¡Puff! ¿Qué dice? ¿Qué novedades hay de Dick?